Siento el retraso pero es que no he tenido el tiempo suficiente para parar a escribir tranquilamente.
Ya he llegado a Australia tras un movido fin de estancia en Nueva Zelanda.
El último mes en NZ se planteaba aburrido así que decidí tomar cartas en el asunto pero claro como siempre no quería gastar dinero porque me venía a Australia y sinceramente creo que me esperan meses difíciles aquí. Así que como ya va siendo tradición decidí hacer un viaje corto para visitar el sur de la isla norte durante una semana.
De nuevo cargue mi mochila con la comida necesaria para unos cuantos días y me dispuse a empezar la aventura, con la suerte de que varios amigos internacionales iban en dirección sur para escalar, así que decidí tomar todos los planes posibles, un viaje de ida pero sin vuelta y un par de días en uno de los mejores sitios en los que se puede escalar que he visto en mi vida.
Así que tras un largo segundo día de escalada, ellos volvían a Auckland y yo me echaba a la carretera una vez mas pero esta vez todo pintaba más complicado ya que la carretera no era muy transitada y era ya de noche así que mientras esperaba que pasase alguien iba pensando en las diferentes alternativas para pasar la noche.
Por esas cosas de la vida al segundo o tercer coche, paro un señor mayor que iba en la dirección aunque solo hasta el pueblo siguiente, Bennydale, a unos 45km de donde me encontraba y unos 120km de mi primer destino, Taupo.
Me dejo en una de las pocas farolas que tenía el pueblo ya que solo se iluminaba la calle por donde pasaba la carretera principal y enfrente del único bar/pub/hotel y todo lo que os podáis imaginar que existía en el pequeño pueblo. Como era de esperar en un sábado noche estaba bastante ajetreado. Yo seguía a mi tarea habitual, levantar un pulgar en cuanto escuchaba el rugido de cualquier tipo de motor acercarse. Uno de los hombres que entro me dijo que ya era muy tarde y que no me iba a coger nadie y yo le respondí que ya lo sabía pero que no tenía nada mejor que hacer que seguir intentándolo. Mi mente ya maquinaba un plan alternativo para ir a buscar un sitio donde dormir y poder ponerme a cubierto a tiempo ya que se pronosticaban intensas lluvias para aquella noche. Para mi sorpresa, pasado un rato se acercaron dos mujeres una muy joven, rubia y de “huesos grandes”, como dicen aquí, y la otra mayor con el pelo corto y una voz totalmente quebrantada y que a duras penas se podía entender. Una mezcla de afonía y el crujir típico de una locomotora de vapor al iniciar su transcurso. Por unos momentos pensé que había muerto y el diablo me estaba hablando.
Muy amablemente tras preguntarme cual era mi plan para esa noche, me ofrecieron quedarme en el hotel por 15 dólares a lo que les conteste que no tenía dinero ya que lo había dejado todo en Auckland y solo tenía la tarjeta que era solo para un caso de emergencia, y eso claramente no lo era. Me dijeron que hablarían con el dueño y me ofrecieron a entrar. Dentro el ambiente era muy alegre y distendido y todos o casi todos los habitantes del pueblo se acomodaban en sillas alrededor de una mesa de billar en la que estaban jugando al billar canadiense. Una larga mesa con comida de todo tipo ya que resulta que era el cumpleaños de la mujer que me había invitado a entrar. Tras hablar con el dueño y explicarle mi situación, no pararon de lloverme ofrendas: una habitación gratuita, barra libre de comida y una cerveza ¡de las grandes!
También me ofrecieron 30$ que rechace ya que me parecía bastante rudo después de todo lo que me habían dado, aceptar dinero. Pero resulto ser que lo rudo era no aceptarlo ya que es una costumbre maorí a la que llaman “Koha” así que no me quedo otra que aceptarlo y darle las gracias al hombre que me lo había ofrecido como no quería el dinero y tras explicárselo decidí gastarlo en el mismo lugar, así que me compre una cerveza e invite también a alguna que otra eso se convirtió en un círculo vicioso así que al final llego un punto en el que no me dejaban comprar más cerveza porque ellos se empeñaban en que no tenía dinero y tenían que invitarme. Una tras otra, incluso sin que me terminara la anterior. También me invitararon a jugar al billar e incluso se ofrecieron a llevarme al día siguiente a Taupo.
A la mañana siguiente me desperté y tome una de mis tradicionales duchas de agua fría y esperé a que llegara la persona que se había ofrecido a llevarme la noche anterior. Probablemente no se acordaría así que tras mucho esperar y que no apareciera llego al hotel una chica que iba buscando gasolina y que iba en mi dirección así que me ofreció el viaje que con mucho gusto acepté.
 Llegue a Taupo, donde tenía ya reservado de un par de semanas anteriores un salto de puenting. 47 metros de altura desde lo que caer al vacío para sumergirse literalmente por el rio que corría bajo el. Finalmente tras haber pedido que me metieran hasta la cintura solo conseguí mojarme hasta los codos. Como no tenía sitio donde pasar la noche, decidí coger un camino que llevaba a un camping gratuito que estaba al otro lado del rio pero que solo había un punto por donde cruzarlo y que había que andar durante unas 2 horas.
Llegado a un punto del camino decidí seguir una pequeña vereda que se adentraba en el denso follaje y que me llevo a un pequeño ensanchamiento donde había un banco (de sentarse) abandonado. Pensé que sería un buen sitio para pasar la noche y monte campamento allí. Bastante pronto por que ya se podía leer en el cielo que se acercaba lluvia. Finalmente esa noche llovió.
Tras pasar 12 aburridas horas dentro del saco y la mayoría de ellas lloviendo decidí ponerme en marcha como va siendo costumbre, a las 6 de la mañana, con la claridad del día asomando y las estrellas de la noche diciendo adiós. Un momento mágico.
Durante unas largas dos horas estuve en el Spa natural que se encuentra entre un rio de agua caliente de origen volcánico y un rio procedente de un lago que acumula aguas glaciares, la combinación perfecta.
En un solo viaje conseguí hacer los 200km que me separaban de mi siguiente destino, Napier. Una ciudad maravillosa y con un clima extraordinario auntodenominada “Art Deco City”
Tras pasar por la oficina de turismo que me desbarato los planes para acampar ya que me había anunciado que el sitio donde pretendía hacerlo era solo para caravanas y que estaba vigilado y cercado, decidí dar una vuelta por la ciudad y dejar el tema del alojamiento para más tarde, aunque no tardo en aparecer un arbusto en la playa con la medida perfecta para dormir dentro del y tener el volumen suficiente como para que no me pudieran ver desde fuera, así que ya mas tranquilamente me paseé por la ciudad del “Art Deco”
Tras un par de días en los que apenas había pasado por el lado salvaje de Nueva Zelanda, decidí adentrarme en una ruta por el campo que me llevaría unos 2 días. Así que me dispuse a dirigirme a la sierra de Tararua cerca de Wellington, la capital del país, que sería mi último destino.
Tuve varios viajes aunque quiero destacar dos, uno en un camión que transportaba acero desde Napier a Palmerston North y otro desde esa última ciudad al otro extremo de la ciudad que duro 3 horas por que el buen hombre paro a saludar a un amigo y no me dejaba irme. Debido a este último, llegue bastante tarde y ya entrada la noche al camino que se suponía que tenía que empezar ese día. Otra vez la suerte me dio la más amable de sus sonrisas y me encontré con un chico de mi edad aproximadamente que vivía en una casa que había construido con su tío solamente con materiales reciclados y que no disponía de ningún suministro externo que tuviese que pagar. Me invito a su casa me dio comida y bebida y también me ofreció una cama.
Al día siguiente me puse en marcha hacia el refugio y por el camino me encontré un coche abandonado en el rio. Al llegar al refugio y encontrármelo todo por en medio mire el registro y había una nota diciendo que se les había quedado un coche en el rio y el otro había rodado hasta el rio por un precipicio y que uno de ellos tenía un pie roto. Resulto ser que todo lo que había allí era de dos cazadores que se encontraban por la zona y que me ofrecieron un buen filete y un viaje a Wellington el día siguiente. Entrada ya la noche apareció un tanque de transporte del ejército de esos que tienen 6 ruedas para intentar sacar los coches ya que los propietarios eran militares. Solamente consiguieron sacar uno y el dueño del otro le dio permiso a los cazadores para que cogieran todo lo que quisieran del coche ya que lo tenía “a todo riesgo”.
Al día siguiente y con un Jeep del 74’ nos metimos por el camino, y después rio arriba para ver si podían sacar el coche. Se dieron cuenta de que iba a ser complicado llevárselo por el tema del bloqueo y arrancarlo así que como si de un desguace se tratara se dispusieron a desmontar el coche, llevándose todas las ruedas, los dos ejes, la caja de cambios, la radio y algún que otra parte más. El camino de vuelta fue bastante impresionante ya que aquello no se podría definir como camino y se veían bastantes coches en el fondo de acantilados y terraplenes. Por fortuna el conductor era bastante experimentado y pese que a mí me dio la impresión de que íbamos a volcar en muchas ocasiones no paso nada.

Muy amables me llevaron hasta la puerta de la casa de mi amiga en Wellington donde pase 2 días visitando la ciudad y conociendo su cultura y vida nocturna. Todo acabo con un interminable viaje de 12 horas que llevo de vuelta a la gran ciudad, Auckland.