“Para Adán, el paraíso era donde estaba Eva.” (Mark Twain)

Tras haber recorrido la isla de waiheke en bicicleta lo cual se volvió un poco más complicado de lo que habíamos planeado ya que la isla estaba compuesta por innumerables colinas que parecían no acabar.
La ruta transcurría por carreteras tranquilas que cortaban el paisaje bucólico en el que se encontraban como un pincel el silencio blanco del lienzo. El verde se extendía a ambos lados del camino punteado a veces por los pequeños puntos blancos que eran las ovejas, a veces marrones y negros que resultaban ser las vacas y cortados en la lejanía por el azul del mar.
A veces una tímida playa se postraba a lo largo del camino invitándote a bañarte y disfrutar del paraíso y otras, acantilados te mostraban su autoridad ofreciéndote la vista de la que se disfrutaba desde lo alto de estos.
Todo era perfecto excepto que íbamos en bicicleta, y ese paraíso nos demostró que no iba a ser fácil recorrerlo. Cada ascenso iba precedido de su inmediato descenso y viceversa, con lo que el camino se asemejaba a una montaña rusa. Esto hizo la rutina un poco más cansina de lo que esperábamos pero la belleza del paisaje y la armonía de la que podíamos disfrutar pagaba el déficit que el esfuerzo creaba.
El primer día alcanzamos el este de la isla donde a parte de las nombradas vistas pudimos disfrutar de un enclave para la práctica de escalada sin cuerda “Boulder” en unas rocas que parecían haber caído del cielo como si de lluvia se tratara. Tras la jornada decidimos hacer una clase de yoga durante el atardecer para relajar y acampar en un pequeño bosque que se situaba en la cima de la colina.
A la mañana siguiente volvimos a disfrutar de un no menos impresionante amanecer mientras desayunábamos al refugio del viento tras una de las nombradas rocas. 
De nuevo nos pusimos en camino hacia la batalla contra el desnivel y comenzamos nuestras subidas y bajadas que tras unas cuantas horas de pedaleo nos llevaron a una playa maravillosa en la que disfrutamos de una deliciosa comida, un baño y una siesta. Tras la siesta, otro baño y recolectar algunas almejas frescas de la playa para preparar una cena y encaminarnos de nuevo a la gran ciudad. 
En el camino, antes de llegar al ferri, decidimos hacer una parada para comprar un delicioso helado antes de despedirnos del nombrado enclave. 
Sin duda otra excursión exitosa a los alrededores de Auckland, como no podía ser de otra manera en Nueva Zelanda.


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